Llegando a Bucarest

El vuelo desde Zaragoza nos dejó en unas tres horas en la capital del país. Quién iba a pensar hace unos años que podríamos llegar a ver desde la capital maña hasta la del país de los Cárpatos…Cosas de la emigración. Y bueno, si el resto del año la ocupación de los vuelos es similar a la del nuestro, yo creo que tenemos conexión para un tiempo.

Al volar con una compañía de las llamadas Low Cost ( a pesar de que a nosotros poco Low nos salió el tema, aunque también es verdad que cogimos el vuelo bastante tarde) el aeropuerto de llegada es Baneasa en lugar de Otopeni, que es el otro. Bueno, aeropuerto es una manera de llamarlo…¿Aeródromo?¿Edificio desfasado?. Tengo que decir que hasta hoy no había visto nada semejante. Diminuto, muy viejo, obsoleto… Pero bueno, con una buena pista donde aterrizar, que es lo que cuenta.

Cambiamos lo justo para llevar unos cuantos leis en la cartera, ya que el cambio es malísimo, y nos dirigimos hacia la parada del bus. Al salir del ‘aeropuerto’ ya vimos una de las cosas que nos han llamado la atención del país: Los perros ‘callejeros’. Bueno, no es que estén asilvestrados, al menos los que vimos nosotros, pero es de lo más normal verlos deambular por las calles sin rumbo fijo, tumbados a la sombra protegiéndose del sol, etc. A un servidor que es tan amante de los animales la verdad es que le daba bastante pena verlos. Pero también es verdad que pese al aspecto un tanto desaliñado que tenían tampoco parecían estar mal alimentados. No se, tal vez la gente les eche de comer o algo así. Algunos incluso tienen una etiqueta en la oreja cual vaca por estos lares.

Bueno, pues el caso es que salimos en busca de la parada del bus Express 783, la manera más rápida de ir al centro. Primera sorpresa: Los kioskos en los que hay que comprar los billetes ( no los venden dentro del bus) cierran a las siete de la tarde. Solución: O viajar sin billete o coger uno de los taxis que esperan a la puerta. Mal asunto, porque un servidor tiene bastante mal recuerdo de una experiencia de multa en el tranvía de Budapest y el coger un taxi tras leer que los timadores a las puertas del aeropuerto están a la orden del día tampoco era lo suficientemente atrayente.
Al final optamos por la opción ‘sin billete’, tal vez animados por lo que nos dijo la simpática mujer que nos informó de la imposibilidad de comprar los billetes : ‘Don’t worry if you haven’t got the ticket. This is Romania!’
Desde luego, si es que uno es bastante alemán para estas cosas… En fin, el caso es que llegamos al destino sin mayor problema.
De ahí nos plantamos en unos minutos en nuestro hotel, un alojamiento nuevo que está muy bien y que nos salió a muy buen precio.
Como ya era muy tarde buscamos un sitio cercano donde nos dieran de cenar.. Y aceptaran euros o tarjeta de crédito. Y es que como habíamos cambiado lo justo, no nos llegaba ni para cenar. Al final encontramos uno. Eso sí, nos hicieron cenar fuera, en una terraza. Y es que los rumanos, después de sufrir los crudos inviernos continentales están encantados con disfrutar del aire libre….aunque ese aire sea sofocante, como era el caso. Pero en fin, aplicamos el allá donde fueres haz lo que vieres y listo.

Comentarios

XE ha dicho que…
Pues es cierto que Baneasa es el aeropuerto más "de juguete" que he visto. Impresionante la mini-cinta transportadora de equipajes..., bueno, y el caos en la puerta de llegadas... No sacamos fotos, por respeto, y miedo a que la peña se lo tomara a mal.

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